La palabra desviada
Por: Santiago Alassia
Suplemento Rastros Nº 88
Diario La Opinión - Rafaela
Domingo 1 de noviembre de 2009
Apenas una semana después de haber logrado el premio del concurso organizado por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rafaela en el marco del Fondo Editorial Municipal, el escritor Adrián Benelli ha ingresado ya en la instancia de espera de una edición que se concretará en el 2010. El tiempo, fatalmente, acelera o descansa cuando le place. Mientras tanto, Benelli habla de “El género”, el libro de cuentos con el que obtuvo el premio, y dice que la unidad entre los relatos está dada por la repetición de los personajes. Dice también que su idea original era tomar dos de los cuentos y hacer una novela, pero que luego esa intención se fue apagando, así que al final se encontró con algunos cuentos que se fueron acumulando y que sólo hubo que organizar. Como siempre, la propia literatura termina encauzando los manotazos del escritor. Benelli no dice esto último, pero quizás se le escapa por algún lado y entonces surge algo así como una cierta resignación frente a las palabras. Que inmediatamente se transforma en una voluntad que se renueva y vuelve a la carga contra lo que más allá de lo decible espera agazapado. “Una de las principales preocupaciones que hay en el libro es el conflicto en torno a la idea de lugar. No sé si es el tema central de los cuentos, pero es algo que les da unidad. Tiene que ver con una persecución mía con respecto a este problema de intentar ser escritor desde Rafaela, es decir, desde un lugar que está lejos de Buenos Aires, con lo cual parecería que todo es mucho más difícil. Los personajes del libro se fundan desde esta idea: algunos trabajan en el margen otros reivindican esa condición, otros la cuestionan. Si hay algo que los une es precisamente esta problematización del lugar.”
Nunca resulta sencillo establecer el eje temático de un relato, su universo, pues las palabras tienen ese extraño poder camaleónico de camuflarse, esa rareza de langosta impávida que a la menor vibración se le ocurre saltar para otro lado. Sin embargo hay siempre, en cualquier texto, deliberada o inconscientemente, un principio de orden, una leve intención de estructura. Las palabras pueden ser todo lo bichas que quieran: siempre se puede construir trampas nuevas para hacerlas caer. “A nivel formal siento que todavía estoy desarrollando mi propia búsqueda”, dice Adrián, consciente de la dificultad existente en la cacería de la propia voz. “Noto que hay muchas influencias de escritores a los que yo admiro, y me gustaría que esas marcas no tuvieran un sitio tan preponderante. A veces siento que esas influencias están muy en primer plano, y eso no me gusta. De todos modos, por ahora me interesa narrar cosas pequeñas, apoyar y construir el relato sin que necesariamente haya grandes acciones.”
Un hombre solo en el patio de su casa, en una Pelopincho, chapoteando en el agua de la tarde aburrida y malamente acomodado entre sus pensamientos, temores, sus fantasmas cotidianos. ¿Qué ocurre allí? ¿Acaso una mínima y casi imperceptible alineación de sensaciones merecería subirse al pedestal de motivo literario? ¿Y por qué no? En ese caso, ¿cómo hacerlo, cómo narrar milímetro a milímetro en el borde de la percepción del personaje que piensa, suda, vacila, y no hace nada más que eso? Sobre tales cuestiones se mueven las preguntas del autor de “El género” a la hora de sentarse a escribir y darle forma al universo. “Siempre trabajo la forma de acuerdo a lo que me interesa narrar. Por eso traté de escuchar el llamado de cada cuento, porque todo texto pide una determinada forma y creo que la tarea del escritor es saber cómo buscarla.”
¿Esa búsqueda se da a nivel intuitivo, o es un trabajo racional?
En general trato de dedicarle mucho tiempo al trabajo racional. Todo lo que he escrito de manera ciega, excesivamente intuitiva no me ha parecido interesante ni ha durado mucho tiempo. En realidad mis textos tienen mucho más trabajo mental que de escritura propiamente dicha. Cuando decido sentarme frente al teclado es porque ya tengo listo un gran porcentaje del texto. Por ejemplo, “El género”, que es el cuento que da título al libro, es un texto que escribí en tres o cuatro días. Para llegar a esa instancia, el cuento necesitó pasar por cuatro años de lenta deliberación en mi cabeza.
¿Qué preguntas no dejan de perseguirte en el momento de la escritura?
La más frecuente es si estoy controlando todo. También me pregunto qué cosas se me están escapando en lo que intento decir, porque generalmente apunto a tener todo bajo control, tratando de que todo aquello que yo quiero decir sea efectivamente dicho. Igual siempre aparece ese miedo de que algo se me escape, la obsesión de que el adjetivo que está ahí diga lo que yo quiero, y no que salga para otro lado. Eso me persigue y me genera muchas dudas.
Lecturas que marcan
“Un autor que está muy presente en mis textos es Juan José Saer. Más allá de que me gusta mucho, también me genera atracción saber que nació en un pueblito de Santa Fe y que empezó a construir su carrera acá cerca. Por supuesto que después necesitó irse a París para recibir el reconocimiento general, pero para mí es una guía poder encontrar a un enorme escritor que nació por acá y que logró salirse para hacer de su propia escritura un centro. Eso está muy presente en mis textos, a veces mucho más de lo que a mí me gustaría. Otro autor que está presente es Borges, casi como una lectura incorporada a nivel inconsciente. Es una presencia automática. Y otro autor que entra en mi escritura quizás de un modo más deliberado que en los otros dos casos, es Abelardo Castillo. Sus personajes tienen una verborragia que a mí me encanta. Son personajes que se construyen a partir de lo que hablan, y hablan de forma profusa, todo el tiempo, con una ironía y una acidez que me parecen admirables.”
¿Se puede, como escritor instalado en Rafaela, acceder a un cierto nivel de reconocimiento que trascienda los límites locales y/o zonales?
Es una cuestión muy complicada. Durante mucho tiempo creí que para ser escritor había que vivir en Buenos Aires, que todo escritor debía ser necesariamente porteño. Hoy ya no creo que sea tan así, pero de todos modos lo sigo viendo como algo muy difícil. No sólo porque acá se vive lejos del “centro”, sino también porque hay discursos que a uno lo marcan aunque no quiera. Nosotros vivimos en una ciudad industrial, en medio de la cuenca lechera, poblada por inmigrantes, y ese es un discurso de la historia que también ha estado forjado y sostenido por la literatura local. En este punto, por más que uno no esté identificado ni avale esa determinada forma de construcción de un tipo específico de héroe, es difícil que pueda despegarse. Porque el lector que se encuentra con un texto perteneciente a un autor rafaelino, va a querer que le cuente algo sobre Rafaela. Por más que uno quiera salirse de cierto tipo de discurso hegemónico, muchas veces la mirada del otro puede igualmente encasillarte en ese sitio. Entonces, ¿cómo aceptar y cómo contar el lugar en el que uno vive sin caer en ciertos discursos ya anquilosados? Creo que esa es una cuestión importante. Más allá de todo eso, es obvio que al no estar en Buenos Aires uno se pierde de la posibilidad de acceder a todo un circuito mucho más variado y rico, y eso también complica la cuestión del reconocimiento, de la legitimación.
¿Cómo ves el papel que ha jugado la literatura local en la legitimación de ciertas figuras heroicas, como el inmigrante?
Yo estoy convencido de que la literatura es una práctica profundamente política. Así como los griegos sostuvieron su cosmovisión a partir de las narraciones que se transformaron en mitos, creo que salvando las distancias, en Rafaela se ha hecho algo parecido con respecto al abuelo inmigrante, la fe en el trabajo, el progreso entre otras cosas. Creo que si bien todo eso no debe ser negado, tampoco debe seguir siendo materia de construcción de héroes. Me parece que es necesario, para la literatura, salir de ese discurso del gringo trabajador que construyó con sus manos un futuro lleno de promesas… Porque en definitiva tampoco responde a la estricta verdad: entre las familias que fueron pioneras de Rafaela, muchas tuvieron que irse porque no llegaron a pagar las tierras. En el fondo, los inmigrantes eran hombres como nosotros, no eran héroes. De todos modos tampoco creo que los escritores locales debamos construir otro mito alternativo; me parece que se trata de empezar a escribir otras cosas, sin el ánimo de generar ningún discurso heroico ni mítico. Escribir literatura para negar lo que antes hicieron otros, me parece entrar en un callejón sin salida porque de esa manera se terminan fagocitando la tesis y la antítesis.
¿Cuáles son los alcances sociales de la literatura en la actualidad?
Creo que pocos. Pero, paradójicamente, amplios. En otra época pensaba que literatura era solamente lo que había escrito Rodolfo Walsh, y que toda literatura debía ser “comprometida”. Hoy ya no creo que las cosas sean así. No veo por qué un cuento que habla sobre el tedio de un día no puede operar sobre una persona el mismo cambio que un cuento que habla sobre la dictadura militar. Creo que el hecho de poner a pensar al lector ya es un alcance importante. No creo que al arte le toque realizar la transformación social, me parece que la meta no está allí. Sí creo que es necesario e indispensable para la vida, porque el arte muestra las cosas desde otro lugar, y eso ya es mucho. Cualquier cuento que le dé un martillazo a una estructura, aunque sea chiquitito, ya es revolucionario.
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